El perdón como el mayor acto de amor propio

En los últimos años he devorado artículos, libros, videos y seminarios encabezados por algunos de los líderes y guías espirituales más influyentes. Entre más seguí a estos individuos inspiradores, más empecé a ver un mensaje específico:

El acto de perdonar tiene el poder de sanarte.

Una y otra vez, este tema surgió de estas lecciones repetidamente y la forma en que fue presentado fue una de las maneras más poderosas para invitar paz mental, liberación y compasión a nuestras vidas. Sonaba tan seductor y parecía tan fácil. No obstante, cuando me empecé a observarme a mí misma y a mis seres queridos, me di cuenta de que a pesar de que este acto podría ser el camino para vivir una vida más feliz y más satisfecha, era increíblemente desafiante de hacer.

Como sea que mires el perdón, todos podemos estar de acuerdo con una cosa y eso es que es improbable que cualquiera de nosotros vivirá la vida sin herir o ser herido por alguien. Si esto es verdad, vale la pena considerar como el perdón puede desempeñar un papel en nuestro bienestar, nuestra paz mental y nuestra capacidad para sanar.

¿Qué es lo que hay que perdonar?

Primero, consideremos lo que viene antes de la necesidad de perdonar a los demás. Alguien cruza uno de tus límites y te provoca una emoción como el enojo, la frustración, la vergüenza o la tristeza. Piensa sobre la última vez que sentiste estas emociones; tal vez fue algo que un colega te dijo, tal vez fue un amigo que hizo un comentario que te pareció incorrecto o tal vez fueron las acciones de un miembro de tu familia que te causaron dolor. Sea lo que sea, la situación te dejó sintiéndote perturbado, enojado, triste o traicionado.

Con frecuencia en nuestras sociedades tenemos cierto entendimiento universal de lo que podría ser considerado ofensivo, insultante o hiriente. Conductas como la infidelidad, el abuso físico o emocional, la deshonestidad o la violencia son aceptados por la mayoría como una violación al respeto y la integridad humana. Sin embargo, muy rápidamente los límites y las reglas de lo que es considerado ofensivo se convierte en cuestión de perspectiva personal. En otras palabras, lo que fácilmente podría ofenderme podría ser descartado por otra persona; y lo que fácilmente enoja o frustra a alguien podría ser visto como inofensivo para mi.

A través de mi investigación sobre el tema del perdón, me he encontrado con la noción de que identificar nuestros propios límites personales internos no es solamente esencial para perdonar, sino que también puede ayudarnos a reconocer las experiencias del pasado que contribuyeron a la formación de esos límites. Los momentos en los que nos sentimos ofendidos o irrespetados pueden servir como oportunidades para hacer una pausa y aprender. De esta forma, en vez de reaccionar a esas situaciones con críticas, culpa o vergüenza, podemos aceptar la noción de que la incomodidad que sentimos cuando alguien cruza nuestros límites personales es de hecho una oportunidad para aprender algo nuevo sobre nosotros mismos. En estos casos, hay algunas preguntas que nos podemos hacer cuando sentimos que alguien nos ha hecho un mal:

  • ¿Por qué sucedió esto?
  • ¿Cómo dejé que alguien me tratara de esta forma?
  • ¿Cómo he permitido que sea aceptable que alguien me trate de esta forma?
  • ¿Qué es lo que esta persona refleja de mi?
  • ¿Cómo me puede servirme esta experiencia?

Convirtiendo el dolor y la incomodidad en autopercepción y crecimiento

Estas situaciones también pueden ser una oportunidad para que la persona que te ofendió aprenda algo sobre ella misma y evolucione. Es muy probable que esta persona no se haya dado cuenta que hizo algo que te hirió o que actuó de su propio dolor y tristeza. Así como el viejo proverbio dice, “las personas heridas hieren a las personas.” Tomando esto en consideración, este aprendizaje mutuo cabe en la idea de que todos tenemos contratos de alma con cada persona que conocemos e interactuamos. Parte de este contrato de alma es que cada uno de nosotros está en la vida del otro para enseñarle algo que necesita aprender o sanar para ascender hacia la iluminación.

Para darte un ejemplo práctico, piensa sobre un tema o un problema que has experimentado repetidamente con las personas a lo largo de tu vida. Podría ser que siempre has sido amigo o amiga de personas que te humillan, o tal vez has identificado muchas situaciones en las que tienes dificultades disculpándote por tus errores, aún cuando sabías que estabas en lo incorrecto. Cada uno de nosotros tiene ciertos patrones de comportamiento que atraemos y permitimos en nuestras vidas porque no hemos aprendido a superar o evolucionar más allá de esa conducta. Por ende, hasta que aprendamos cualquier lección que esas experiencias ofrecen, seguiremos encontrándolas una y otra vez en diferentes relaciones.

Toma un momento para pensar sobre cualquier desafío emocional repetitivo al cual te has enfrentado en los últimos años con diferentes personas en diferentes situaciones. Tomemos una pausa para considerar que si esas situaciones repetitivas de tristeza, frustración y vergüenza componen la mayoría de los sentimientos negativos en nuestras vidas, ¿no valdría la pena tratar de aprender de esas experiencias y evolucionar más allá de ellas? Personalmente sé que para mí sí me diera cuenta de que podría empezar a lentamente eliminar las mayores fuentes de aflicción y miseria en mi vida, estaría más dispuesta a lanzarme a la incomodidad para enfrentar esas lecciones de frente.

Las personas heridas hieren a las personas.

No perdones sólo para perdonar, perdona para sanar.

Pero hay un inconveniente. Una vez que tomamos el hábito de hacer una pausa y aprender de las situaciones que nos causan angustia, no podemos simplemente saltar directamente al perdón. El viaje del perdón puede ser increíblemente doloroso e incómodo; muchas veces en vez de tener la conversación incómoda, nos saltamos a la parte donde la persona dice “lo siento” y la otra persona responde “está bien, te perdono.” Si—todos hemos sacado esa tarjeta. El problema con esta táctica es que simplemente no sana ni resuelve nada.

Este hábito es reforzado por muchas tradiciones religiosas y culturales que motivan y ordenan el perdón como una forma para medir nuestra “bondad.” También alimenta la idea de que podemos obtener gratificación instantánea y una recompensa por cada acción que tomemos. No obstante, como la mayoría de las transformaciones, no hay una “pastilla del perdón” rápida que funcionará de la noche a la mañana. Cuando el perdón es forzado o fingido no solamente se convierte en algo sin significado, sino que también puede ser más dañino para una relación; ahora no solamente tienes las emociones negativas de la situación inicial, sino que también para rematar, hay una capa de deshonestidad y falta de autenticidad.

A pesar de ello, muchos de nosotros hemos intentado esta táctica solamente para darnos cuenta que todavía sentimos un nudo en el pecho; todavía no podemos dejar de pensar sobre la situación y la seguimos reviviendo una y otra vez. Con el tiempo, la violación o traición seguirá poniéndose más grande y más tóxica en nuestra mente mientras la seguimos reprimiendo y evitando.

Esto es una forma de auto abuso emocional que no solamente menoscaba la alegría del momento presente, sino que también muchas veces es proyectado en aquellos a tu alrededor. Y cuando proyectamos nuestro dolor y sufrimiento en los demás, esencialmente estamos haciendo lo mismo que aquellos que nos han herido en el pasado han hecho, o sea, actuar desde un lugar de dolor. Este ciclo de proyectar nuestro dolor en los demás sólo puede ser detenido cuando encontramos la valentía de ser vulnerables y escogemos cultivar dentro de nosotros empatía y compasión en vez de desprecio y vergüenza.

La empatía y la compasión como herramientas para perdonar

Seamos claros. No puedes experimentar todo el poder sanador del perdón sin reconocer y examinar las emociones y los sentimientos que estás teniendo. Las dos herramientas emocionales que debemos alimentar para examinar esos sentimientos con la intención de sanar son la compasión y la empatía—para los demás y para nosotros mismos. Cuando reconocemos que todos los humanos, incluyendo nosotros, son falibles y que todos somos influenciados y guiados por nuestras propias experiencias de vida, podemos vernos a nosotros y a los demás con más compasión.

Así como hemos cometido errores, herido a otras personas o hemos tomado las decisiones incorrectas según nuestra madurez emocional y nuestra experiencia de vida en aquel momento, los demás también han cometido errores según lo que sabían en aquel momento. Con frecuencia, realmente internalizar ese hecho requiere que pongamos nuestro ego al lado y pensemos desde la perspectiva de la otra persona. Es normal que esto no pase inmediatamente, pero con conciencia plena y una paciencia bondadosa, con el tiempo podemos comprender que las acciones de la otra persona tienen que ver menos con herirnos y más con el reflejo de su propia inmadurez emocional.

Habiendo dicho esto, la compasión y los límites no son mutuamente excluyentes. Todavía puedes tener compasión por el dolor y las experiencias de vida que conllevaron a que alguien te hiriera a la vez que eliges no tenerla en tu vida y permitirle que repita ese comportamiento contigo. Tener compasión o empatía por alguien que te ha herido tampoco no la exonera ni significa que no es responsable por sus acciones. Pero negar empatía y perdón como una forma de castigo para otra persona que te causó sufrimiento solamente sembrará semillas de desprecio y toxicidad en tu propia energía. Esta toxicidad, como lo mencionamos previamente, se reflejará en la forma en que actúas y te comportas con los demás.

Este ciclo de proyectar nuestro dolor en los demás sólo puede ser detenido cuando encontramos la valentía de ser vulnerables y escogemos cultivar dentro de nosotros empatía y compasión en vez de desprecio y vergüenza.

El perdón como una forma liberadora de amor propio

Como cualquier cosa que vale la pena aprender y alcanzar, el perdón requiere de una cantidad agotadora de autopercepción, conciencia plena y amor propio. No existe ninguna promesa de que será fácil de hacer, pero existe la garantía de que cuando sea hecho te dará el mayor sentido de paz, amor y aceptación.

Como lo discutimos anteriormente en este artículo, los momentos que merecen nuestro perdón pueden ser vistos como oportunidades para aprender más sobre nuestros límites y lo que nos provoca. Esos momentos incómodos preparan el terreno para que evolucionemos más allá de las necesidades y los deseos de nuestros egos y así transcendamos más allá de las creencias y los patrones de pensamientos que nos limitan. Cuando te ames y te respetes plenamente, siempre tendrás a la valentía de amablemente fijar tus límites con compasión.

El perdón impide que actuemos en contra de los demás desde un lugar de dolor que no ha sido sanado dentro de nosotros. Toda la energía negativa que tienes adentro será liberada en vez de ser proyectada en aquellos a tu alrededor.

Por último, el perdón puede ayudarte a liberarte de las cadenas de la historia que has usado para definirte. En la mayoría de los casos estas son historias sobre adversidades del pasado y actos indebidos en tu vida que sigues permitiendo que impulsen tus decisiones y conductas del momento presente. Entretanto, no reconocemos que cuando permitimos que estas historias estén presentes en quienes somos hoy, les estamos dando poder. El perdón esencialmente te permite descargar la lección que cualquier experiencia te presenta, te permite soltar las emociones y los sentimientos que no tienen ninguna función y así seguir adelante en tu vida.

Pero el primer paso que debemos dar en el camino hacia el perdón es amarnos lo suficiente para liberarnos de esta carga.

Y ahora, me gustaría escuchar de ti en la sección de comentarios abajo. ¿Cuáles han sido tus mayores luchas al perdonar a quienes te han herido o perdonarte a ti por actos indebidos del pasado? ¿Qué te dices sobre la idea de perdonar?

Traducido por: Ruth Obando

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