Vulnerabilidad y pidiendo apoyo cuando somos madres

En algún punto del camino a las madres se les ha dicho que pueden manejarlo todo. Tomar la vida lentamente, una tarea simple a la vez, es con frecuencia nada más que un concepto romántico contemplado en esos pocos minutos dulces cuando descansan la cabeza en la almohada y se duermen. La vida moderna ha empezado a moverse rápidamente, obligando así a muchas mujeres a hacer malabares con sus carreras además de cuidar a sus niños, alimentar sus relaciones y manejar las responsabilidades básicas de la casa. Las madres se han convertido en expertas de las multitareas al más alto nivel, proporcionando solas lo que anteriormente se lograba a través de la cooperación y el apoyo de comunidades enteras.

Desde que me convertí en mamá he mirado de primera mano lo que se necesita para completar todas las tareas. Para hacer esto, hasta con un toque de gracia, personalmente he necesitado mucho apoyo en el camino. Y aunque la necesidad ha variado, según los recursos a los que cada mujer tiene acceso en cuanto a sus relaciones personales, el apoyo de la comunidad y su ingreso financiero, he sido testigo de cuántas mujeres sienten el agobio aplastador de esta carga, igual que yo. Desde muy temprano lo que también noté fue que muy pocas de estas mujeres pedían la ayuda que tan desesperadamente necesitaban. Es como si cada una existe como una isla hecha por esfuerzo propio, varada y con mucha necesidad. De alguna manera, aunque con todo su corazón saben que en realidad si “se necesita una aldea,” he mirado a tantas mujeres que eligen sufrir solas. 

La vergüenza de pedir apoyo

Empecé a preguntarme la razón de esto. ¿Por qué es que pedir apoyo parece ser la excepción en vez de la norma? ¿Por qué la ayuda de aquellos a su alrededor sólo se reserva usualmente para esos momentos sin filtros cuando una mujer está completamente agotada y al borde de una crisis? ¿Por qué las mujeres no consideran asegurar su propio bienestar como algo necesario? ¿Y por qué, aun cuando honestamente ofrecí mi apoyo a otras madres en la comunidad, con frecuencia recibí como respuesta un “Oh. Gracias. Está bien. Estoy bien” (cuando en realidad no lo estaban)?

Cuando me enfrenté a mi propia incomodidad para pedir apoyo, empecé a darme cuenta que no era algo personal para ninguna de nosotras. Era un comportamiento aprendido en el que las dificultades de la maternidad han sido normalizadas. En vez de correr el riesgo e incomodidad de sentirnos vulnerables, hemos aprendido a ir a lo seguro. Aunque sea diferente de una cultura a otra, una historia popular moderna es que nuestra fuerza se encuentra en la autonomía radical en vez de la comunión. Se nos ha enseñado que pedir apoyo es una imposición. Nos da miedo ser señaladas como una carga para las personas en nuestras vidas que tienen sus propios horarios, desafíos y obligaciones. Tenemos miedo de sacar a la luz nuestras áreas de lucha, nuestros lugares más oscuros de necesidad y mostrar una imagen que no sea perfecta.

La necesidad para conectarse y un sentido de pertenencia

De cierta forma nos hemos convertido en humanos sin aldeas, nos hemos olvidado que estamos programados para conectarnos y que encontramos esta conexión al permitirnos ser vulnerables. Brené Brown, profesora de investigación en la Universidad de Houston dice, “La vulnerabilidad está al centro de la vergüenza, el miedo y nuestra lucha para sentirnos dignos, pero también parece ser el lugar de nacimiento de la alegría, de la creatividad, del sentimiento de pertenencia, del amor.” Brown dice que estamos aquí para conectarnos y que, “Para que la conexión tome lugar, necesitamos permitir que los demás nos vean.” Tenemos que saber que somos dignos de conexión. 

Como madres, cuando nos permitimos ser vulnerables y pedimos apoyo, no solamente nos cuidamos a nosotras mismas sino que también creamos la oportunidad para que otras madres hagan lo mismo. Cuando mostramos nuestra humanidad con valentía, damos los primeros pasos hacia la verdadera autocompasión y nos relacionamos con sentido de integridad a aquellos que amamos. Damos el ejemplo de autenticidad y mostramos que pedir ayuda no es una señal de debilidad o de insuficiencia ni una insignia de fracaso. Al contrario, muestra que reconocemos nuestros límites, le damos prioridad a nuestro bienestar y reconocemos nuestro propio sentido de dignidad aun cuando manejamos las necesidades de los demás.

La dura verdad es que, como madres, no podemos ni debería esperarse que lo hagamos todo. Pero en última instancia, cuando tratamos de hacerlo todo, es a costa de algo más. Publilius Syrus, un esclavo en el primer siglo A.C lo expresó mejor cuando dijo, “Hacer dos cosas a la vez es no hacer ninguna.” El cerebro humano está programado para hacer una tarea a la vez y no ha evolucionado para procesar múltiples flujos de información simultáneamente. ¿Cómo podemos permanecer completamente presentes con algo cuando nuestros pensamientos están continuamente fragmentados? ¿Cómo podemos honrarnos a nosotras mismas y a las personas que amamos cuando nuestro sistema se tambalea al borde del agotamiento? Cuando vivimos bajo el estrés constante de tantas responsabilidades y de “demasiado”, nuestro sistema nervioso nunca tiene la oportunidad de descansar y de restablecerse, causando así un declive en nuestras funciones cognitivas y nuestro sentido de bienestar.

Encontrando apoyo en nuestra vulnerabilidad

Aunque la curva de aprendizaje ha sido empinada, me he dado cuenta que encontrar apoyo en mi vulnerabilidad es la clave para mi paz mental. Me gustaría mostrar tanto como pueda lo que es posible cuando somos capaces de seguir adelante con valentía y deslizarnos al otro lado. He aprendido a honestamente pedir y ofrecer ayuda sin vergüenza. Muchas veces la respuesta que recibo cuando pido y cuando ofrezco ayuda es “no.” Pero a pesar de la incomodidad, pido un poco más porque también me he dado cuenta de lo siguiente:

Aunque no quiera ese sentimiento incómodo de la vulnerabilidad, si quiero ser una mujer que apoya a los demás en encontrar el camino de vuelta a la conexión. Quiero alentar una visión mundial que valora ir lento más que ir rápidamente, descansar en vez de agotarse, y lo más importante, de animarnos los unos a los otros aun cuando no sea fácil ni conveniente. En el poco tiempo que tengo mi hijo a mi lado, quiero despejar mi tiempo tanto como sea posible, aunque sea sólo un poco, para que podamos disfrutar la compañía del otro al máximo. Sé que los dos lo merecemos.

Cuando empezamos a caminar libremente a través de esta puerta giratoria de dar y recibir apoyo verdadero de aquellos en nuestra comunidad, nos convertimos en parte del cambio. En un clima moderno cultural que perpetúa un individualismo áspero, la desconexión y el aislamiento, pedir ayuda nos ofrece a todos la oportunidad de promover un sentido de pertenencia. Al cuestionar estos valores culturales, iniciamos una conversación, y este es el primer paso para redefinir dichos valores.

Mujeres, es hora de dejar salir un gran suspiro, bajar los hombros y pedir lo que necesitas. Te lo mereces también.

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